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Chao

Gracias a ti

Llamo tímidamente a la puerta porque tengo miedo de molestar. A los pocos segundos oigo pasos y alguien tapa la luz que atraviesa la mirilla. Un ojo me observa y me hace sentir violenta. En esos instantes sé que la persona oculta me juzga e intento inspirar confianza devolviéndole la mirada.

 

Por fin se decide a abrir la puerta. Detrás, aparece un hombre de unos cincuenta años, con bigote denso, el cejo fruncido y el semblante serio. No saluda. Me mira impaciente y se me acelera el pulso. Me apresuro a explicarle, entre leves tartamudeos, que estoy haciendo unas encuestas y necesito un hombre de entre 45 y 65 años. Cumple el perfil, así que le ruego un minuto. Él niega con la cabeza, sin cambiar la expresión de la cara, y  me cierra la puerta en las narices.

 

Abatida, doy media vuelta una vez más. Sigo subiendo escaleras con la esperanza de que algún alma caritativa quiera atenderme. Llevo horas encontrándome con todo tipo de personas, a las que recito la misma frase: “Hola, estoy haciendo unas encuestas sobre medios de comunicación para Cies, ¿tiene un minuto, por favor?”

 

Un minuto, no pido más. Bueno, vale, quizá sean dos. Pero hoy en día esto es demasiado. Un lujo que nadie desperdiciaría con una desconocida. De repente, todo el mundo tiene prisa, aunque les veas en pijama y con la televisión encendida.

 

Llamo a la puerta del quinto, el último piso de este bloque sin ascensor. Con la otra mano cruzo instintivamente los dedos. Mientras aguzo el oído, dirijo mi mirada a la alfombrilla. En ella pone algo alentador: “Bienvenido”. Esta vez me abre un joven bajito de tez oscura, con una nariz pronunciada y el pelo corto. Supongo que de América Latina. Al principio me mira descolocado ante mi frase mágica, pero, tras pedirle el dichoso minuto, sus labios forman una sonrisa: “Claro”.

 

Creo que no se ha enterado muy bien del motivo de mi interrogatorio, pero no le importa. En ningún momento se impacienta ni desaparece esa cara amable. Al hilo de las preguntas conversamos y la encuesta se alarga un poquito. Pero tampoco le importa. Se muestra feliz por poder ayudarme. De pronto se me hace ridículo haber pasado una hora buscando a alguien que quisiese contestarme, con lo fácil que parece ahora.

 

Terminamos la encuesta. Suspiro aliviada, se acabó por hoy. La atención de este joven me ha salvado de seguir recibiendo portazos. Cuando iba a agradecerle su tiempo, él se me adelanta y me dice: “Gracias por venir”. ¿Gracias? “No -le tengo que corregir-, gracias a ti”.

1 comentario

carol -

los sudamericanos son unos soles, sobre todo haciendo las encuestas. Todos los inmigrantes en general, yo siempre deseaba que me abriera la puerta un moro, ruso, rumano, pero sobre todo, sudamericanos. cuanto más pobre es la gente, más maja. Parece que los ricos se creen que su tiempo vale más que el de los demás