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Chao

Mudar-ser

Nos quejamos de la rutina, pero qué importante es tener la vida asentada. Hay gente que ansía el continuo cambio. No aprecian la estabilidad de observar el mismo paisaje al levantar la persiana todos los días. Esa plaza con dos farolas alumbrando a cuatro bancos, a cambio de compañía; o coincidir en el ascensor con el mismo vecino al mismo minuto, de lunes a viernes, y tener una idéntica conversación absurda.  

 

Nuestra casa y su entorno nos resultan tan familiares, que no les prestamos atención. Y más ahora, que estamos creciditos y nos hemos despojado a la fuerza de muñecas y balones para llenarnos de responsabilidades. Si antes pasábamos en la plaza horas, sin importar con quién, hasta que nos llamaba nuestra madre por la ventana para cenar, ahora la recorremos a toda prisa, con la cabeza metida en el bolso buscando las llaves del coche, sin observarla ni un segundo.  

 

Yo tampoco apreciaba esto hasta que supe lo que era una mudanza. Perdí la estabilidad y dejé de entender a los que cambian continuamente de lugar. En esa semana que duró la mudanza lo vi todo diferente. Miraba por mi ventana una y otra vez, intentando retener la imagen de la plaza hasta que formase parte de mí. Tanto la observé, que hasta me pareció que las farolas se inclinaban para hablar con los bancos. Durante esa semana hice el esfuerzo de levantarme un cuarto de hora antes para que el sueño no me cegase y poder, al coincidir con mi compañero de ascensor, sustituir las frases convencionales por algo más ingenioso.

 

Desnudar mi cuarto fue, sin duda, lo más costoso. Al abrir los cajones, los recuerdos me asaltaban. Encontré objetos que creía perdidos, reí y lloré pasando hojas de mis garabateadas agendas de instituto, me hipnoticé durante horas leyendo cartas de personas olvidadas… A un lado, la papelera para “deshacerte de todo lo que no sea imprescindible”, como dijo mi madre; al otro, la caja de cartón que transportaría las cosas hasta mi nueva casa. Después de horas de debate interior, siempre ganaba la voz que me decía que no podía deshacerme de esos recuerdos y casi todos iban a parar a las cajas, que al final fueron cinco.

 

Han pasado siete meses. Al llegar a mi “otra” casa estaba continuamente irritada. Parecía que las cosas se habían confabulado para explorar por ellas mismas la nueva habitación: se cambiaban de sitio y no había manera de encontrarlas. Los interruptores bailaban al son de la luz jugando al escondite. Pero, al cabo de un mes, les gané la batalla y aprendí a controlarlo todo. Desde entonces, estoy preocupada por que me he vuelto a adaptar y he dejado de observar el paisaje, otra vez. Ya no controlo las conversaciones de los vecinos por la ventana, ni me fijo en las casas de enfrente. Vuelvo a meter la cabeza en el bolso de camino al coche, sin estar al acecho. ¿Será que me he familiarizado con el lugar? Será que vuelvo a ser yo. 

 

1 comentario

carol -

jo MAría! que bonito!! me ha encantado, en serio. Tienes un montón de razón en todo lo que dices. Lo de perder horas releyendo las agendas y cartas lo hiciste el día antes de un exámen, no? como yo ahora. Besos putera!