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Chao

Iguales

En las carreras humanísticas se suele repetir un principio que se te queda grabado y te acompaña toda la vida: el hombre es un ser social por naturaleza y, como tal, se relaciona con los otros. La cuestión radica en si los jóvenes se dejan acompañar.

Un punto de encuentro para dar rienda suelta a este carácter social es el autobús. Los viajes suponen un tiempo muerto entre la ciudad que dejas y tu destino, que las personas mayores aprovechan para dialogar. El problema viene cuando se cruzan con el otro gran usuario de este servicio: los jóvenes. Muchos de ellos suben al autobús y no piensen que saludan a su compañero de viaje, que no lo hacen, es que ni siquiera miran a la cara a la persona que está a su lado. Y si la miran es para exigir sus derechos, es decir, que dejen su plaza libre o que no vayan de listos y se quiten de “su” asiento de ventanilla.

Recuerdo uno de mis últimos viajes largos. Subí al autobús acongojada por la reciente despedida y con el billete en la mano buscando mi asiento. Cuando me acomodé, la anciana sentada a mi lado me sobresaltó con un monólogo que recitó de carrerilla hasta quedarse sin respiración: “Hola guapa, ¿vas a Galicia? Yo voy a Piedrafita. Dios mío, a ver si tenemos buen viaje, hija, que con lo lejos que está y lo que se ve hoy en las noticias como para no rezar el rosario antes de salir. Porque, claro, todo el mundo piensa que no le va a pasar a él, pero…”.

 Yo me debatía entre escuchar a la señora y mandar besos a mis padres a través del cristal. Me hizo gracia aquella mujer. Partimos y me alegré de estar a su lado porque ya empezaba a sentir nostalgia de lo que dejaba atrás y necesitaba distraerme. Charlamos durante un largo rato, en el que sobre todo habló ella. Incluso llegué a conocerla mejor que a esos familiares a los que sólo llamas en ocasiones especiales. Pero pronto empecé a notar el cansancio y quise poner fin a la conversación intentando dormir un rato. No había manera: ella seguía hablándome. Cuando mi paciencia estaba rozando el límite, le dije educadamente que quería dormir y me puse música. La mujer puso cara de abatimiento y murmuró: “Si es que al final todos sois iguales”.

Estas palabras se me clavaron y me hicieron sentir culpable. No pude dormir. De repente me acordé de aquella teoría de la universidad de que el hombre es un ser social. Desde entonces la he puesto en entredicho porque al final cada uno, sobre todo los jóvenes, va a lo suyo. Aunque después de esta experiencia procuro saludar siempre a mi compañero de viaje.

1 comentario

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Muy bonito. La puta vieja era una gilipollas, no te tendrías que haber sentido culpable. Haberle dicho que se buscara a otro para meterle la chapa, que a ti ya te la metió un buen rato